En la vida acelerada que llevamos, todo lo
que es al instante ya es contado como tarde, queremos las cosas de antemano y
muy aceleradas para no perder tiempo. Vemos como la cotidianeidad se convierte
en una carrera apresurada por ser millonarios y famosos. En esa carrera
perdemos la sensibilidad por los problemas de los demás, banalizamos y
serializamos la cultura -la vendemos- y la convertimos en objeto de consumo. La
saturación de información nos convierte en sensacionalistas morbosos, sin encontrarle
valor propio a las cosas y/o personas.
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